El pasado martes 8 de marzo se celebró en todo el mundo una jornada de lucha y reivindicación en favor de los derechos de las mujeres y por la igualdad real. En Madrid, las calles se tiñeron de morado feminista y desde la organización se habla de al menos 100.000 asistentes, lo que la convierte, un año más, en una de las manifestaciones y reivindicaciones con más apoyo social.

Juan Angulo, Podemos Sanse. Foto: Canal Norte TV

Es evidente que existe un problema con la igualdad entre hombres y mujeres. La gente no sale a la calle en masa porque sí, por aburrimiento. Es evidente que aunque las leyes reflejan los mismos derechos, faltaría más, en la práctica aún estamos lejos de conseguir esa igualdad real. Quien siga teniendo dudas, que consulte los datos oficiales o simplemente hable con alguna mujer de su entorno. Las situaciones desiguales aparecen casi a cada paso.

Pero hoy no quiero volcar aquí un argumentario teórico sobre la desigualdad sexual. Quisiera, desde mi posición de hombre dirigirme especialmente a otros hombres, con la intención de buscar vuestra complicidad en la lucha por la igualdad. Con la intención de expresar la importancia de que seamos aliados útiles del feminismo en la lucha por la igualdad real de los derechos que marca nuestra Constitución.

Los hombres tenemos un papel esencial a la hora de reconocer los privilegios que nos otorga la sociedad por el mero hecho de haber nacido hombres. Reconocer que lo tenemos un poco más fácil, es el primer paso para aceptar que quizá debamos avanzar consciente y voluntariamente en la dirección de igualar nuestros derechos y obligaciones y así, dejar de hacer algunas cosas o comenzar a hacer algunas otras para construir un país un poco más justo.

Un ejemplo práctico de lo más sencillo. Aunque muchos de los lectores hombres seguro que asumís vuestras tareas domésticas con naturalidad, el CIS decía en 2017 que las mujeres, de media, dedican prácticamente el doble de tiempo a las tareas domésticas que los hombres. A lo mejor, poder llegar de trabajar tarde y encontrar la casa recogida, la cena hecha y los niños dormidos es un privilegio que no habías reconocido hasta ahora y que estás a tiempo de corregir.

Otro ejemplo. Según la Encuesta de Violencia contra la Mujer 2019 del Ministerio de Igualdad, más de la mitad de las mujeres mayores de 16 años residentes en España han sufrido violencia de la pareja, violencia física o sexual de personas con las que no se ha mantenido una relación de pareja o acoso sexual. Al mismo tiempo, la Fiscalía General del Estado dice que de los cerca de 2 millones denuncias por violencia de género que se presentaron desde 2009 hasta 2020 sólo 134 denuncias quedaron acreditadas como denuncias falsas por medio de una condena, un 0,0074 % del total.

¿Qué quiere decir esto? Pues que matemáticamente, lo más probable es que tu amigo, ese que fue condenado en un juicio con una exnovia “que estaba loca” y que era la “problemática”, en realidad fuera un agresor machista condenado justamente y que las bromitas, la camaradería y el compadreo sobre ese tema en realidad te convierten en cómplice del agresor.

Existen situaciones que hemos naturalizado pero que no son normales. Vigilar las redes sociales o el móvil de tu pareja, no es normal. Intentar imitar en la práctica los modelos de relaciones sexuales que se ven en el porno, no es normal. Compartir en el grupo de Whatsapp de los colegas fotos íntimas de chicas sin su consentimiento, no es normal. Perseguir por la calle a una mujer y hacerla sentir incomodidad, o incluso miedo, a base de piropos, no es normal. Sé que muchos todo esto ya sabéis, o al menos intuís, que no está bien. Ahora tocaría hacer algo para cambiarlo, ¿no?

Podría usar mil ejemplos más de faltas de igualdad en el día a día pero creo que ya habréis comprendido la esencia de lo que quiero transmitiros: los hombres, yo el primero, tenemos la responsabilidad de reconocer unos privilegios sociales que nos vienen regalados, que casi nunca vemos, pero que usamos a nuestro favor y que impiden que el otro 50% de nuestro país pueda desarrollarse en su día a día en igualdad de condiciones.

No me valen las excusas. Es de justicia.

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