Este 2026, ha significado una escalada gigante de la política de guerra y del auge de la ultraderecha más ultra, o, porque no decirlo, del fascismo.

Empezábamos el año con la intervención en Venezuela para secuestrar a un presidente electo, con más o menos controversia en su figura, pero un presidente de una nación soberana y con el reconocimiento de hacerlo, no por preocupación del bienestar de las y los venezolanos, sino por el petróleo. Petróleo que se le ha dejado de abastecer a Cuba, agravando aún más la situación provocada por el bloqueo ilegal de décadas sobre este país. Cuba es otro de esos lugares polarizados y del que a todo el mundo, con criterio o sin él, le gusta opinar. Pero la realidad, es que esta acción como la totalidad de las acciones en política exterior de EEUU, acaba incrementando la miseria y sufrimiento de los países en los que interviene, y un enriquecimiento o mejora estratégica para los “yankees” en su lugar en la política internacional.

Actualmente el enemigo es Irán, con el que estamos en guerra abierta y Europa, como buena vasalla, colabora estrechamente para asegurar los intereses del anaranjado Tío Sam, aun cuando, como es el caso, vaya en contra de los intereses de las y los europeos. El estrecho de Ormuz, por donde pasa más del 20% del petróleo del mundo, se encuentra bloqueado por buques de guerra, lo cual ha encarecido en tiempo récord el combustible y los alimentos escandalosamente y ahora, es cuando en Europa, empezamos a sentir las consecuencias de las guerras de la élite, que siempre las perdemos y las pagamos los pueblos.

¿Pero cómo se ha llegado a esto? ¿Se podría haber evitado? Quiero responder a estas preguntas haciendo referencia al famoso poema de Martin Niemöller: “primero vinieron a por los palestinos, y yo no dije nada, porque yo no era palestino… Luego vinieron a por mí, y no quedaba nadie para hablar por mí”. Con este sencillo verso quiero explicar que lo que nos está pasando ahora viene de atrás, de la inacción, o de ponernos de perfil ante tantas luchas, que no parecían prioritarias o no parecían afectarnos demasiado. Tantas veces se ha oído en la izquierda, “eso no toca ahora”, “hay cosas más importantes”, “el feminismo ha ido demasiado lejos” …

 

Pues bien, cada lucha que no se hace, es una victoria que se le otorga a la derecha
ultra, cada espacio que no se trata de ocupar y reivindicar, es un espacio que no queda vacío, lo ocupa la ultraderecha. Lo que viene a denominarse la batalla cultural.

Por encima de cualquier aritmética parlamentaria o estrategia electoral, debe estar el compromiso social por la transformación hacia un sistema más justo, equitativo y sostenible. Es deber de toda persona que se considere de izquierdas o progresista, trabajar siempre, en la medida y fuerza que cada cual pueda, con esas máximas en mente. Y cuanto más altavoz y capacidad se tenga mayor es la responsabilidad.

¿Y dónde está el problema? En “el miedo” y “el malmenorismo”. Miedo a que viene el lobo fascista y virgencita que me quede como estoy, cuando el lobo ha estado siempre disfrazado de abuelita y le estamos llevando la merienda a la cama.

Volver a votar al PSOE, por miedo a que no salga el PP y viceversa, ya lo hemos vivido demasiado tiempo, y es fácil saber cuál es el resultado de seguir votando bipartidismo. Perder derechos, más rápido o más lento, pero perderlos, al fin y al cabo. Pues, ¡oh, sorpresa! no es muy diferente votar al PSOE y sucedáneos por miedo a que salga el PP y sucedáneos, en teoría, más fascistas (a pesar de provenir del mismo PP). Sigue siendo votar bipartidismo con muletas y reforzar el régimen del 78 que se fraguó sobre un franquismo atado y bien atado. Toca hacer una verdadera transformación social y eso no va a conseguirse con las mismas fórmulas de maquillaje progresista de siempre. Eso no va a conseguirse, sin hacer ruido.

El programa, programa, programa, tristemente, se ha quedado obsoleto y hoy los programas, se ha demostrado, son papel mojado que no compromete a nada. Se necesitan personas comprometidas y dispuestas a luchar por el cumplimiento de las políticas progresistas, de izquierdas y transformadoras, cueste lo que cueste. El discurso del buen orador político no debería bastarnos. Como ciudadanía, deberíamos exigir hechos y no palabras.

Volviendo al poema al que hice referencia líneas arriba, quiero recordar quién llamó Genocidio a lo que está sufriendo el pueblo palestino, por primera vez en institución europea alguna, cuando no estaba de moda, la que todavía fuera por entonces ministra, la Secretaria General de Podemos, Ione Belarra. La opinión publicada mayoritaria de entonces, así como el arco parlamentario desde la derecha más ultra hasta la supuesta izquierda más progresista, se apartaron de dichas declaraciones. 2 años después, insistiendo en esa idea desde calles, manifestaciones y presión social, hasta el presidente del gobierno se ha visto obligado a recoger esa lucha y tratar de convencer, sin hechos, solo con palabras, que es su lucha. El cambio de relato no es una victoria de Pedro Sánchez, es una victoria del activismo social y político, como no fue victoria del Rey “Desmérito” traer la democracia a España, sino de las personas que arriesgaron y, en demasiadas ocasiones, perdieron sus vidas, tanto durante la dictadura como durante la “modélica” transición.

Esas personas anónimas, organizadas, y que ofrecen su tiempo y su vida altruistamente por crear un mundo mejor, esas personas son las que hacen la Batalla Cultural con mayúsculas, que es imprescindible ganarle hoy a la ultraderecha más ultra, o porque no decirlo, al fascismo.

Y no me gustaría terminar, sin dedicar unas palabras a aquel 15M de 2011 que lo cambió todo. Con una presión social y ciudadana, como no se vivía desde la transición. Ese movimiento ciudadano, encontró un partido institucional en el que depositar sus anhelos y esperanzas de cambio con la fundación de Podemos en 2014.

Podemos nació de las calles para trasladar a las instituciones las reivindicaciones de cambio profundo y de régimen que exigía la mayoría social. El régimen no tardó en reaccionar y empezaron años de ataques amañados, legales e ilegales, tanto políticos como policiales, tanto mediáticos como judiciales, que nos han dejado en una posición bastante residual en las instituciones. No trato de apelar al victimismo, únicamente hago una cronología de los hechos. Nos toca enfrentar la realidad actual, buscar nuevas fórmulas y revertir la situación para volver a asaltar los cielos, pero cabe destacar, que mientras Podemos ha estado fuerte en las instituciones, ha sido la época de mayores avances progresistas y de la izquierda. Ahora, la derecha ultra, crece sin parar, debido a una mayoría de progresista y de izquierda “moderada” que no quiere incomodar al poder, y que mira más las consecuencias electorales que ganar la batalla cultural al nuevo fascismo emergente. Una izquierda que cree que hay que estar en el centro equidistante y moderado, a pesar de que los extremos, como la ultraderecha más ultra, es la que no para de subir electoralmente. Una izquierda, en definitiva, muy acomodada que ha olvidado para y por quién está ahí.

La verdadera transformación, el verdadero cambio, requiere, como en aquel 15M, de una población comprometida, despierta y realmente informada, que exija a sus gobiernos políticas de mejora para la mayoría. Y es aquí, donde Podemos sigue tan fuerte o incluso más que el primer día. En las calles, en el tejido social. Ya que, en toda plataforma ciudadana, en toda asociación vecinal, hay un, una o une militante de Podemos. Solo desde las calles, desde la organización ciudadana, se puede conseguir que lo que un día era cosa de una minoría, como la lucha del pueblo palestino, hoy con el poder que da la razón de la moral, y el trabajo incómodo de pepito grillo, se haya conseguido que sea la voz más extendida, y la lucha más multitudinaria de las calles contra los gobiernos de todo occidente.

Si la izquierda pierde cada vez más elecciones, no es porque no haya una mayoría de izquierdas y progresista en la sociedad. la opción mayoritaria en todas las elecciones, es la abstención. La ciudadanía que ha confiado su voto, condicionado por el relato del miedo a que venga el lobo, se frustra y decepciona al ver que da igual votar, que nada cambia. Desde aquí, le digo a todo votante de izquierdas, que dejen de votar bipartidismo y sucedáneos, y voten a quien está para hacer una transformación profunda, a quien lo ha demostrado con hechos, a quien han enfrentado a poderes no democráticos, a costa de su tiempo e incluso integridad (mando desde aquí un saludo al compa Serigne Mbayé por la persecución disciplinante constante que está sufriendo).

Y esta es la tarea a recuperar, debemos volver a sentir que nuestro voto cuenta, que votando podemos cambiar nuestra sociedad a mejor. Y para eso, no se puede votar por miedo o resignación. Se debe votar a la opción que mejor nos represente, que más nos ilusione, sin dejarnos condicionar con votar a la opción que nos dicen, es la mayoritaria, para asegurar parar al lobo fascista. Si todo el mundo votamos a lo que de verdad nos gusta o representa mejor, la opción más votada dejaría de ser el bipartidismo de las “élites”, como casi lo fue en aquel 2015 y 2016.

Debemos exigir que Gobernar vuelva a ser escuchar las calles y transformar sus reclamas en medidas y leyes desde las instituciones. No convencer para que les votes y hacer lo que les dé la gana, o peor, lo que le exigen la minoría elitista del país, en contra de sus votantes. Somos más y si nos organizamos podemos transformar este país. ¡Sí se Puede!

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