Manuel Mateo López nunca imaginó que firmar una carta en 1936 pudiera hacer que lo mataran. Aunque Esther Mateo, su nieta, afirma hoy que ese escrito solo fue “la excusa para fusilarlos”. 

La carta de Paredes de Buitrago fue escrita por las mujeres de los republicanos de San Sebastián de los Reyes que lucharon en el Frente del Agua, un sector estratégico que contribuyó a impedir el avance franquista hacia Madrid por el norte, y que, con ello ayudó a que la capital no quedara privada de agua

Piedra que Esther Mateo conserva en su casa, extraída del terreno donde se encontraba el Frente del Agua, junto al pantano de Buitrago de Lozoya. Fotografía: Estela Andrés

“Las esposas de los combatientes republicanos eran humilladas a diario por ser mujeres de los rojos”, asegura Esther. Uno de los acosadores era Manuel Jiménez, el carnicero del pueblo, que también era miembro de la CNT. Aunque la nieta de Manuel Mateo afirma que su membresía a la confederación no era cuestión de ideología, sino de protección

Un día, las mujeres, cansadas de humillaciones constantes en la carnicería, escribieron una carta y la mandaron al Frente del Agua para que sus maridos la firmasen y así poder enviarla a la CNT, para que el carnicero recibiera una sanción. Una vez firmada la carta y enviada a la confederación, Manuel Jiménez fue arrestado. Esas mujeres nunca imaginaron que, de camino a la cárcel, el detenido sería asesinado

Nunca se supo quién fue el responsable, pero Manuel Jiménez se convirtió en un mártir del lado franquista de Sanse y se culpó a los soldados del Frente del Agua de su muerte. “Me parece fatal que lo mataran, pero evidentemente los que estaban en el frente no pudieron ser los responsables”, manifiesta Esther en el salón de su casa, situada a apenas dos calles de la vía que hoy lleva el nombre del carnicero.

Manuel Mateo López nació en 1902, vecino de Sanse, tuvo dos hijos con Carlota Perdiguero, su esposa: Paquita y Manolo, el padre de Esther Mateo. Manuel fue jornalero y albañil y también afiliado a UGT, partido al que representó como concejal.

En febrero de 1937 regresó del frente cuando fue nombrado alcalde. Durante su mandato, solucionó los problemas de abastecimiento del municipio, de pueblos limítrofes y del frente, como se sabe por un recorte de periódico del año 1938 que la familia ha mantenido guardado.

Recorte de un periódico en el que aparece Manuel Mateo siendo entrevistado como alcalde. Fotografía extraída de la Asociación de la Comisión de la Verdad de San Sebastián de los Reyes.

Un día antes de acabar la guerra, el 30 de marzo de 1939, Manuel Mateo fue detenido en su casa. “Mi padre siempre decía que lo tenía en brazos cuando entraron en casa a detenerlo”. El domingo 22 de octubre de 1939 fue fusilado en las eras de Navalaosa de Colmenar Viejo. “En teoría los domingos no se fusilaba, por eso a mi abuelo lo mató un pelotón de refuerzo”. 

La prueba viviente de que firmar la carta de Paredes de Buitrago no fue la causa de los fusilamientos, es Benita Navacerrada. Benita tiene 93 años y es la hija de Facundo Navacerrada, presidente y fundador de la UGT de Sanse el 6 de abril de 1936. Facundo se negó a firmar la carta, pero aun así, tuvo una de las muertes más atroces de entre los 32 asesinados de San Sebastián de los Reyes. “A mi padre lo quemaron vivo”, afirma Benita, entre lágrimas.

“Mi hermana tenía 15 años cuando fue a buscar a mi padre al cuarto donde estaban los fusilados. Les estuvo lavando la cara para ver cuál era su padre; estaban ensangrentados. 
Pero allí su padre no estaba. Ella preguntó a los guardias y estos le dijeron que mirase en un rincón. Se agachó porque vio un redondel negro. Y oyó a los guardias decir entre ellos: ‘Anda, que ese de ahí buena guerra ha dado. Ha muerto diciendo “Rusia nos vengará”.’”. 

Benita Navacerrada al lado de un diploma que le otorgó la Universidad de Comillas tras una conferencia sobre memoria histórica. Fotografía: Estela Andrés

Benita cuenta esta historia también en su salón, con lágrimas en los ojos, rodeada de marcos con fotografías de su marido —ya fallecido—, de sus hijas, de sus nietas y, presidiendo la estancia, de su padre. Sin embargo, la versión que aparece en la sentencia del tribunal militar de Colmenar Viejo es que Facundo Navacerrada fue fusilado (no quemado) en las eras de Navalaosa de Colmenar Viejo el 24 de mayo de 1939. 

“Mi padre en la carta de despedida nos dice que muere inocente, ‘ni he robado ni he matado, pero me matan los del pueblo’ ponía”. Benita se sabe de memoria la última carta que escribió su padre despidiéndose de sus hijos cuando supo que le iban a matar. “Cuando llegó a nombrarme, me dijo, ‘Benita tan chiquitina y ya sin padre. No me olvides nunca’ y eso hice, nunca lo olvidé”, dice, sin poder contener las lágrimas de nuevo. 

Facundo Navacerrada Perdiguero. Fotografía extraída de la Asociación de la Comisión de la Verdad de San Sebastián de los Reyes

La carta de despedida de Manuel Mateo fue muy parecida. ‘Carlota, por favor, dile a nuestros hijos que yo ni he robado ni he matado, que he sido una persona buena y honrada. Id siempre con la cabeza muy alta. Me voy con la pena de no haber podido comprar la bicicleta a los chicos, a Paquita y a Lolo’. 

Años después, “Lolo”, el padre de Esther, sí logró comprar una bicicleta a sus hijos. “La compró en nombre de su padre”, explica Esther con la voz temblorosa. “Esa bicicleta estuvo en casa muchísimos años. Se resistía a tirarla”.

En el cementerio de Colmenar Viejo fueron fusiladas 108 personas tras el final de la Guerra Civil. Ocho décadas después, 77 cuerpos han sido exhumados y solo dos han podido ser identificados, el de la única mujer que había entre los fusilados, y el de un hombre manco, ambos gracias a sus características físicas. 

Esther cree que su abuelo puede estar enterrado en una zona del cementerio conocida como “el paseo”, una fosa común de 47 metros de largo donde se sabe que fueron arrojados decenas de represaliados. Sin embargo, una parte de esa fosa no pudo excavarse ya que años después de los fusilamientos se colocaron sepulturas encima, y bajo ellas, según los investigadores, también hay cuerpos. Esther teme que su abuelo esté precisamente allí, en ese tramo inaccesible.

En marzo comenzarán las identificaciones genéticas de los restos exhumados. Esther no pierde la esperanza. “Estamos con todas las esperanzas del mundo de que en cualquier momento me llamen y me digan que han encontrado a mi abuelo”.

Benita tiene una herida que, como ella misma reconoce, nunca se ha cerrado. Su hija, Gema López Navacerrada, lo explica con claridad “El duelo termina cuando tú puedes incinerar a tu familiar, enterrarlo, hacer con él lo que tus sentimientos te pidan. Pero cuando no sabes dónde está tu padre, ni siquiera tienes una certificación que diga que está muerto, ese duelo no se puede hacer. No es que la herida se haya abierto, es que nunca se cerró”.

Esther y Benita se conocieron en la Asociación de la Comisión de la Verdad de San Sebastián de los Reyes. Hoy son amigas. Esther asegura que, cuando mira a Benita, ve a su padre. Cree, además, que esa búsqueda es lo que la mantiene viva. La rabia, la necesidad de encontrarlo y poder enterrarlo. Porque mientras no haya un cuerpo, un nombre, una certeza, la guerra no ha terminado del todo para ellas.

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